Un smoothie es lo que necesito

smoothies

Es lo que pensé cuando vi este libro en la estantería de una librería cualquiera. Entré para hacer tiempo. Estaba esperando al marit y así, a lo tonto, cayó este libro en mis manos.

Uy, vaya.

Una página llevó a la otra y es que, si hay algo que me puede es el diseño editorial. Como la comida, los libros entran por los ojos y los míos no tienen límite. Ven una imagen impecable, un diseño sobrio y una tipografía un poco mona y allá que vamos.

Y este lo tiene todo. Editado por Lunwerg, recoge 66 recetas de smoothies. Batidos de toda la vida, vamos.

El caso es que cuando abres la cubierta y empiezas a hojear las opciones, un batido te lleva a otro y ese a otro y ese otro al otro… Y te encuentras pensando hacia tus adentros: Y por qué no me he alimentado yo a base de batidos. Qué he hecho todo este tiempo. Me voy a casa pero ya mismo a triturar verduras sin parar. Pero qué maravilla.

Y es que, el libro es tan visual y te presenta las recetas de un modo tan sencillo que te visualizas totalmente tomándote un vaso de salud pura cada día. Puedo hacerlo. Y lo sana que voy a estar… Porque a lo estéticamente atractivo, le sumamos el componente ‘sano’. En cada receta te pone para qué es bueno cada batido.

‘Enriquece la sangre’. No quiero pensar detenidamente en lo que significa porque me da un mareo que pa qué pero debe ser divino. 

‘Estimula el cerebro’. Eso me hace falta a mí. Doble de este.

‘inmunizante’. Ni el Actimel. Seguro.

‘Refuerza los músculos y los huesos’. Toma que toma.

‘Antiinflamatorio’. Dale.

‘Alcalinizante’. A tope.

‘Estimula el organismo’. Así en general.

‘Detoxificante’. ‘Antioxidante’… 

Smoothie de fresas, col y tomate

Bueno, bueno, bueno… Llega el marit y ya estoy en la cola para pagar libro en mano. Él que es muy de comer sano -entresemana- y muy de no comprar cosas -a lo loco-, me apoya en la compra lo que confirma lo evidente. LO NECESITO. En este caso, LO NECESITAMOS.

Desde entonces ha pasado un mes un año y todavía no he empezado. Lo he tenido entre las manos varias veces, admirando esos tarritos de colores pero luego, a la hora de ponerme, no encuentro el momento de tomarme un batido de perejil, brócoli, ajo y frutos del bosque. Llamadme rara. Porque claro, enajenada como estaba en el momento de la compra, no caí en la cuenta de que lo sano normalmente no lleva azúcar. Vamos que la imagen que la palabra Smoothie provoca en mi imaginario mental es un vaso de litro de batido bien de calorías y azúcar. Y no.

Nota mental: preparar cualquiera de estas maravillosas recetas y añadir azúcar. ¡Qué c**o! ¿Quién me lo prohíbe?

Pero la promesa de una vida más sana a la vuelta de la esquina me mantiene en la convicción de que esa compra era acertada.

Ilustración Smoothie por Fetén Martínez

El partido que le voy a sacar a este libro.

Mañana.

O el año que viene.

O en otra vida.

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Y esto, ¿por qué?

bodegon

No sé exactamente cuándo comenzó todo. Hace ya lo suficiente como para no recordarlo y como para necesitar un espacio extra para todo lo que he ido acumulando a lo largo de los años. Libros, revistas, moldes, cortadores de galletas, más moldes, mangas pasteleras y boquillas de todo tipo, cucharas para servir y pies para lucir esas tartas ideales que a veces salen… Mi lista de blogs es infinita y el tablero de Pinterest que tengo dedicado a la cocina, un recordatorio diario de las tareas pendientes que se me van acumulando. Siendo realista no podré emular a la protagonista de Julie and Julia -que es lo que realmente me gustaría-. En esta película, Amy Adams interpretaba a Julie, una aficionada a la cocina que se propone cocinar las 254 recetas del libro de cocina de Julia Child durante un año y contarlo en un blog. Si la memoria no me falla -algo que sucede a menudo- ella se tomaba a rajatabla su cometido. Cocinaba una receta, aunque fuera de las de cien elaboraciones y tipos de cocción diferente, cada día. Sin importar lo duro que hubiera sido su jornada de trabajo o la hora a la que se pusiera el delantal. Bien. No soy ese tipo de persona. Obsesiva, sí. Con tendencia a emprender hobbies y aficiones de todo tipo mientras los días pasan sin llevar nada a término, también.

Sin embargo, en este momento vital -digamos diferente- en el que me encuentro derepente caigo en la cuenta de que tengo moldes que ni siquiera he estrenado. Los tengo escondidos para que el marit no los descubra y tenga que escuchar un: “Y esto que te compraste en aquella tienda de Roma y que me hiciste cargar en la maleta, ¿lo piensas usar alguna vez?” Mientras sostiene un molde gigante de Panetone para 20 comensales. Así, mi cajón de las vergüenzas va amenazando con reventar cualquier día. Y yo, antes muerta que darle la razón.

Ilustración por Fetén Martínez

Total, que me he venido arriba, borracha de recetas después de verme blogs, revistas nacionales y extranjeras y libros exquisitamente editados y he decidido empezar este diario de una obsesión. A él le pienso hacer testigo de que al menos una vez, usé ese utensilio de cocina que compré hace años. Me servirá también para tachar todas esas recetas de libros, revistas e Internet que ocupan mi lista infinita de tareas pendientes. Las fotos posiblemente serán lo de menos y el éxito de los resultados, variable. Asumo estas debilidades, qué le vamos a hacer.

Nota mental: actualizar este lugar más de una vez cada tres meses. Es necesario. Lo intentaré. Lo conseguiré. Sí-se-puede.

Pero, sobre todo, le demostraré a “el marit” que todo lo que he comprado ha sido, es y será por verdadera necesidad.

kit

Como por ejemplo, este kit de cupcakes rollo “God Save the Queen” que lleva conmigo unos 5 años y ha sobrevivido a tres mudanzas. Una nunca sabe cuándo va a tener que demostrar su fidelidad a la Jack Union. Pero, eh, estaban al 50% ¿quién puede resistirse a eso?