Aceptamos chocolate como abstinencia

Chocolate caliente

A mi abuela la recuerdo a menudo y de muchas maneras: cantando canciones de otra época que soy incapaz de repetir; dedicándome esa eterna sonrisa sin excusas ni motivos; su mirada azul cálida y llena de luz; jugando sus solitarios después de comer mientras saboreaba su café; leyéndome sus relatos -siempre escritos por ella- recuerdos de una vida como de novela, con guerras incluídas; pasándome filipinos de contrabando desde la despensa cuando mi madre había dicho ya hacía rato que uno y no más… Pero sobre todo, la recuerdo en la cocina. Con su eterna ayudante, María, -una de tantas y a la única que yo llegué a conocer-. Ese jaleo de cacharros y varias ollas hirviendo forman parte de mi infancia. Así la recuerdo, con medio cuerpo metido en la despensa -ese habitáculo tan útil que ha desaparecido de la mayoría de las casas- buscando el ingrediente perdido.

Como en todas las casas -qué nos gusta en España una celebración a mantel puesto- toda tradición y/o día señalado iba asociada a un menú muy concreto. Y mi abuela, de costumbres arraigadas -y ferviente creyente- sabía bien de la importancia del buen comer. El máximo exponente de todas estas -para mí- virtudes suyas, se daba en un día como hoy. Viernes Santo. Viernes de vigilia. De abstinencia y ayuno. Un día como hoy nadie le discutía sus -santas- costumbres, ni siquiera mi abuelo, el hombre más ateo -y sin embargo respetuoso- que he conocido nunca. En mi infancia estas cosas -de vigilia, ateos y abstinencia- me sonaban a ciencia ficción, realidades paralelas de otro mundo ajeno a mis barbies con vestidos fosforitos -también de otro mundo paralelo, por otra parte-. Aún así, sabía que el Viernes Santo tocaba ayuno y abstinencia. Lo que en casa de mi abuela significaba potaje de comida -plato que no he llegado a apreciar hasta hace bien poco y que efectivamente significaba cierto ayuno en mi caso- y chocolate con picatostes de cena. Sí. Cho-co-la-te de cena. ¿Existe algo mejor que cenar chocolate caliente? Chocolate y nada más. Chocolate y picatostes, ese pan frito con azúcar. Nunca entendí el sacrificio que podía suponer cenar solo chocolate caliente. Cuál era la penitencia. Tampoco me hizo falta. Cuando alguien tiene una buena idea, tampoco es necesario cuestionarla.

potaje

Tanto es así que, pasados los años y a pesar de la ausencia de mi abuela, no hay Viernes Santo que me salte esta dulce y maravillosa abstinencia. Si tenía planes de cena -como hoy- se han cancelado de manera fulminante. Sin ningún tipo de pudor por mi parte.

Ay chicas, cuánto lo siento. Finalmente no podré quedarme a la cena de hoy… Estas cervezas y me voy a casa.
Anda, ¿y eso?– Me preguntan extrañadas mis amigas.
Nada, que no me acordaba pero hoy es Viernes de Vigilia… -caras de desconcierto, esta se ha vuelto loca, piensan todas – y en mi casa hoy se cena chocolate con picatostes.

A algunas les suena la costumbre, otras siguen mirando como si fuera marciana pero, todas entienden que no hay quien se resista a una cena con semejante plato casi único y principal.

Aunque antes de irme, un perrito caliente sí me voy a tomar.

Chocolate con picatostes

Nota mental: creo que el perrito caliente no es exactamente la idea de ayuno y abstinencia que mi abuela tenía. El año que viene intento comer la mitad (aunque solo sea este día)

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