Que USA me perdone

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En el verano del 2014 compré un botecito de colorante en gel de color rojo intenso. Embarazada de 7 meses y sin un posible viaje a Nueva York a la vista pensé: Ya está bien, yo aquí no me quedo. Y decidí que si yo no iba a la Gran Manzana, su famoso postre vendría a mí. Al menos tendría eso. Una reluciente Red Velvet en mi plato, quizá cerrara los ojos y el Empire State Building se me aparecería al instante. En los miles de: que sí, que nos vamos a Nueva York, vamos a mirar billetes, me había estudiado las citas imprescindibles y una de ellas era tomar este postre en la Magnolia Bakery. Pues eso.

Tenía el colorante. Y tenía las recetas. Decenas. Con los mismo ingredientes pero con resultados espectacularmente diferentes. Qué barbaridad, nunca un postre fue tan versátil ni blanco de tanta blogger y/o usuarias de Pinterest, a excepción de los Macarons, claro. Como buena pineadora que se precie, tenía varias opciones en mi tablero de Just Baking.

Pero, por alguna razón que no alcanzo a entender, por una vez, pensé con la cabeza, dejé a un lado semejantes bonitismos y rebajé las expectativas. Puede que la cantidad de meses que pasaron desde que planteé la opción de hacer este postre tuviera algo que ver. Empezaría con una receta más “básica”. Nada de macarons en forma de muñecos de nieve, colorantes caseros o frosting de nieve. Por ahora. No, haría la receta de Food and Cook. Y de paso, aprovecharía para estrenar mi molde de Bundt Cake. Uno de tantos que tengo con la etiqueta pegada en su base y que compré en unas maravillosas rebajas de la librería Top Books. ¿Libros y utensilios de repostería en un mismo espacio? Lo sé, matadme ahora mismo.

Esta versión era sencilla pero igual de vistosa. Y tras averiguar qué c**o era la buttermilk y engrasar bien mi Bundt, me puse manos a la obra. Con un desorden que no os quiero ni explicar. El maritentraba y miraba el estado de la cocina con terror con lo ordenado que él es. -¡Vete a cuidar de la fiera!- Le gritaba yo enajenada. Parecía un alquimista loco. Una hora después y con un casi un kilo de peso nacía este pequeño pastel rojo:

Velvet

¿Que si estaba bueno? ¿Que si vi Nueva York con el primer bocado? Mmmfff… Bueno, digamos que no es mi tipo. O sea, salió bien, la receta divina, el molde pa qué más pero… Sí, después del follón que monté resultó que comí un trozo y le dejé el resto al marit, santovarón. Estuvo llevándose al trabajo Red Velvet durante toda la semana y el viernes me dijo: Creo que no quiero más, es ver el rojo ese y se me revuelve el estómago.

Sí, puede que una semana entera desayunando red velvet sea un sueño para muchos pero no para él.

-Yo lo que quiero es que hagas crema catalana- Me dice siempre que me abro un libro de cocina a la búsqueda de mi nueva víctima.

-El finde que viene, la hago.- Miento piadosamente. Él no entiende que la crema catalana no luce.

 Eso sí, a Nueva York tendremos que ir aunque con uno de los must tachados de la lista.

Ilustración por Fetén Martínez

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Y esto, ¿por qué?

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No sé exactamente cuándo comenzó todo. Hace ya lo suficiente como para no recordarlo y como para necesitar un espacio extra para todo lo que he ido acumulando a lo largo de los años. Libros, revistas, moldes, cortadores de galletas, más moldes, mangas pasteleras y boquillas de todo tipo, cucharas para servir y pies para lucir esas tartas ideales que a veces salen… Mi lista de blogs es infinita y el tablero de Pinterest que tengo dedicado a la cocina, un recordatorio diario de las tareas pendientes que se me van acumulando. Siendo realista no podré emular a la protagonista de Julie and Julia -que es lo que realmente me gustaría-. En esta película, Amy Adams interpretaba a Julie, una aficionada a la cocina que se propone cocinar las 254 recetas del libro de cocina de Julia Child durante un año y contarlo en un blog. Si la memoria no me falla -algo que sucede a menudo- ella se tomaba a rajatabla su cometido. Cocinaba una receta, aunque fuera de las de cien elaboraciones y tipos de cocción diferente, cada día. Sin importar lo duro que hubiera sido su jornada de trabajo o la hora a la que se pusiera el delantal. Bien. No soy ese tipo de persona. Obsesiva, sí. Con tendencia a emprender hobbies y aficiones de todo tipo mientras los días pasan sin llevar nada a término, también.

Sin embargo, en este momento vital -digamos diferente- en el que me encuentro derepente caigo en la cuenta de que tengo moldes que ni siquiera he estrenado. Los tengo escondidos para que el marit no los descubra y tenga que escuchar un: “Y esto que te compraste en aquella tienda de Roma y que me hiciste cargar en la maleta, ¿lo piensas usar alguna vez?” Mientras sostiene un molde gigante de Panetone para 20 comensales. Así, mi cajón de las vergüenzas va amenazando con reventar cualquier día. Y yo, antes muerta que darle la razón.

Ilustración por Fetén Martínez

Total, que me he venido arriba, borracha de recetas después de verme blogs, revistas nacionales y extranjeras y libros exquisitamente editados y he decidido empezar este diario de una obsesión. A él le pienso hacer testigo de que al menos una vez, usé ese utensilio de cocina que compré hace años. Me servirá también para tachar todas esas recetas de libros, revistas e Internet que ocupan mi lista infinita de tareas pendientes. Las fotos posiblemente serán lo de menos y el éxito de los resultados, variable. Asumo estas debilidades, qué le vamos a hacer.

Nota mental: actualizar este lugar más de una vez cada tres meses. Es necesario. Lo intentaré. Lo conseguiré. Sí-se-puede.

Pero, sobre todo, le demostraré a “el marit” que todo lo que he comprado ha sido, es y será por verdadera necesidad.

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Como por ejemplo, este kit de cupcakes rollo “God Save the Queen” que lleva conmigo unos 5 años y ha sobrevivido a tres mudanzas. Una nunca sabe cuándo va a tener que demostrar su fidelidad a la Jack Union. Pero, eh, estaban al 50% ¿quién puede resistirse a eso?